Si paseas hoy junto a la imponente fachada de la Basílica de San Marcos, en Venecia, es muy probable que tu mirada se desvíe hacia una esquina exterior del templo. Allí, incrustadas en el muro, cuatro figuras de piedra rojiza se abrazan por parejas con una seriedad que estremece. Llevan coronas, visten armaduras pesadas y sus manos descansan firmes sobre las empuñaduras de sus espadas. A primera vista, un espectador habituado a la espectacular belleza del refinado periodo clásico de Roma —con sus proporciones anatómicas perfectas, sus rostros expresivos llenos de vida y el dinamismo de los pliegues de sus mármoles— podría pensar que se encuentra ante una obra tosca, rígida o, directamente, de "baja calidad". Los cuerpos parecen chatos, los rostros son prácticamente idénticos y la expresividad brilla por su ausencia. ¿Qué ocurrió? ¿Es que los escultores romanos olvidaron de la noche a la mañana cómo cincelar la anatomía humana? ¿Sufrió el Imperio una decadencia técnica irrev...
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